Una impresora 3D es un
dispositivo capaz de generar un objeto sólido tridimensional mediante (y ahí
radica la principal diferencia con los sistemas de producción tradicionales) la
adición de material. Los métodos de producción tradicionales son sustractivos,
es decir, generan formas a partir de la eliminación de exceso de material. Las
impresoras 3D se basan en modelos 3D para definir qué se va a imprimir. Un
modelo no es sino la representación digital de lo que vamos a imprimir mediante
algún software de modelado. Por dar un ejemplo de lo anterior, con una
impresora 3D podríamos generar una cuchara, o cualquier otro objeto que podamos
imaginar, usando tan solo la cantidad estrictamente necesaria de material, y
para hacerlo deberemos tener la representación del objeto en un formato de
modelo 3D reconocible para la impresora.
Los materiales que actualmente
pueden utilizarse para ‘imprimir’ son variados y lo cierto es que influyen
bastante en el coste de la impresora. Cualquier impresora de bajo coste suele funcionar
con termoplásticos como el PLA o ABS. Pero nos encontramos impresoras capaces
de trabajar con metal, fotopolímeros o resina líquida, aunque resultan
prohibitivas para entornos no industriales.
¿Y qué usos puede tener una
impresora 3D y en qué campos?. La lista es larga y es difícil describirlos
todos: desde piezas de instrumental médico o incluso implantes, pasando por sus
aplicaciones en la arquitectura, donde puede pensarse en imprimir objetos e
incluso estructuras, aplicaciones aeroespaciales, educación, y por supuesto el
uso doméstico y semi- profesional que abre múltiples opciones y se presenta
como el futuro de la tecnología.
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